Microcréditos, más que una moda


El Espectador - Enero 26 de 2009

Los pasados 22 Y 23 de enero, las fundaciones Alvaralice, Paz y Bien, Comfandi, Compartir, Santo Domingo, Finamérica, la Universidad Javeriana de Cali, la revista Semana y la Universidad del Valle realizaron el Simposio Internacional de Microfinanzas como Herramienta de la Construcción de Paz. El evento reunió en el mismo escenario al presidente del BID, al de la CAF, al presidente Álvaro Uribe y a centenares de expertos en la materia, quienes discutieron principalmente sobre la incidencia del microcrédito en la paz y en la reintegración económica y social de poblaciones especiales.Desde que el economista indio Muhammad Yunus, creador del microcrédito y fundador del Banco de los Pobres, fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz, muchas son las expectativas en torno del revolucionario instrumento. Ideal para madres cabeza de familia, receta mágica para salir de la pobreza y aliciente contra el estigma de deudores morosos con que son usualmente señalados los sectores menos favorecidos, cualquiera sea el imaginario esgrimido por sus propulsores lo cierto es que los microcréditos no son una moda pasajera como lo argumentan sus principales detractores. Requieren, eso sí, de una implementación realista y al margen de las ensoñaciones con que se los suele adornar en discursos y proyectos de solidaridad internacional en los que, de buena fe, más de uno supone que  pobreza y conflicto llegarán repentinamente a su fin.En Cali, varios analistas reconocieron los múltiples beneficios de los microcréditos, pero alertaron sobre la necesidad de una serie de leyes estatales que permitan condiciones especiales para su surgimiento. Bolivia, ejemplo en América Latina, logró una exitosa separación entre entidad financiera tradicional e institución que brinda microcréditos. Desde un comienzo ese país reguló las microfinanzas y trabajó para convertirlas en parte integral del sistema bancario. Diversas ONG, preocupadas por las condiciones en que el dinero es manejado en el sector informal, finalmente fueron reconocidas legamente. Un proceso exitoso cuya penetración en la sociedad es grande y del que todos los países del tercer mundo habremos de aprender. En este mismo sentido intervino Alicia Meneses, del Distrito de Aguablanca, quien le explicó al presidente Uribe que pese a que el crédito gota a gota le ocasionó la pérdida de su pequeño negocio de fritangas, logró recuperarse con los microcréditos de la Cooperativa Semillas de Mostaza y ahora vende comidas rápidas.Más allá del tema de la pobreza y del hecho de que las microfinanzas contribuyan a transitar de la atención humanitaria al fomento de desarrollo, como lo recordó Manuel Oviedo, oficial nacional de la Acnur, es necesario solucionar las raíces de los problemas sociales y recordar que las poblaciones desplazadas o reinsertadas son heterogéneas y requieren “productos especiales, que muchas veces no se diseñan en microfinanzas”. De tanto insistir en su efectividad, bien puede caerse en el equívoco de pensar que le son útiles a cualquier persona y en cualquier circunstancia. Peor aún, el publicitado camino para la paz quizás termine reduciendo el conflicto y omitiendo sus posibles variables políticas.Pese a los significativos desencuentros entre la sociedad civil —que demanda una ley que regule e impulse los microcréditos— y el Gobierno —aparentemente satisfecho con las políticas existentes—, cabe destacar la importancia de estos espacios de debate, en los que diferentes expertos y actores de la sociedad civil exponen sus experiencias y puntos de vista. De la misma manera, es preciso reconocer que las populares microfinanzas no dejan de ser un instrumento más para paliar la pobreza e incentivar el desarrollo. En la práctica, no están habilitadas para resolver necesidades básicas que el Estado colombiano está en mora de satisfacer.